A MODO DE PRESENTACIÓN...
Poesía de carpeta
Somos conscientes de que algunas editoriales, desde su
posición en el mercado, imponen una línea poética con la excusa de la juventud y
una única temática neosentimentaloide bajo el signo de lo rentable. Sin
embargo, hay otras maneras de escribir poesía, hay poetas viejóvenes, quienes,
pese a su juventud, pulsan en cada verso el alma de la vida, de la muerte, del
amor, sin dejarse llevar por la facilidad de reducir lo poético a una frase que
de estudiantes adolescentes llevábamos pegada en las carpetas en el instituto;
también quienes con más de 30, 40 y 50 años llenan de frescura la palabra
con imágenes inesperadas y sutiles, pero que quedan fuera del mercado editorial
anteriormente citado, porque su DNI dice que ya no son jóvenes. No es país
para viejóvenes pretende dar voz a quienes las modas se la niegan, ya sea
por una simple cuestión de edad, ya sea por el desmérito de no haber nacido con
un bello aspecto físico ni una notable facilidad para la falsa congoja. En cada
lectura que se ofrece hay un planteamiento distinto a lo que inundan las redes
sociales, una apuesta inusual para la poesía.
¿A qué edad caducan los poetas?
“Eres una abuela desde que tenías diez,
y pasasteis de la infancia a la vejez,
tú y Paul McCartney…"
Ojete Calor – Viejoven
y pasasteis de la infancia a la vejez,
tú y Paul McCartney…"
Ojete Calor – Viejoven
Ignoraba
que aquella noche marcaría el fin de un ciclo: celebrábamos entre copas la
firma del finiquito, habíamos vivido una experiencia laboral maravillosa y yo
había disfrutado de un estupendo contrato de trabajo por primera vez en mi
vida. A pesar de las advertencias de muchos con sus “ten cuidado, que a los treinta caducas para el mercado laboral”, yo
tenía esperanzas en el futuro, con ese currículum que empezó a llenarse de
cursos ante la imposibilidad de emplearme. Han transcurrido seis años y aún sigo
luchando por mi estabilidad: los
resultados de mi búsqueda de un empleo son infructuosos, por esa tendencia a
contratar a menores de treinta en una de las ciudades con más paro a
nivel estatal. Al no conseguir ahorrar para exiliarme una temporada, me apoyé
en familia y amigos. Por supuesto que esta historia os suena: la estáis
viviendo en carne propia o seguro que alguien de vuestro entorno más cercano
sufre las consecuencias de la precariedad. Este es el drama: España no es país
para jóvenes. La generación más preparada, si se lo puede permitir, emigra con
un billete de ida en el bolsillo, o se condena a prepararse unas eternas
oposiciones; o, peor aún, se tienen que enfrentar a la enfermedad (la depresión,
la ansiedad, etc).
Encuentro un paralelismo entre esta problemática y con lo que se suscita en el panorama poético. El marketing editorial, con su visión comercial, sólo apuesta por escritores considerados como jóvenes, en un triple sentido: por cumplir cierto rango de edad, por afinidades con grupos de autores jóvenes (escritores, digamos, maduritos que superan las edades comprendidas de susodicho rango pero que encajan perfectamente por un estilo poético de similares características; también hay autores notables que, a pesar de su juventud, no son considerados, o por no ser aceptados en grupos influyentes, o por su poética que escapa de modas impuestas) y aquellos que en su momento fueron populares precisamente por una destacable obra temprana pero que, muchísimos años después, se siguen etiquetando como tal. Exactamente igual que cuando postulas a un puesto de trabajo: o eres joven, o no te conceden la oportunidad para publicar, obtener un galardón, participar en eventos, colaborar en según qué proyectos, etc. He sido testigo de bochornosas situaciones con respecto a señalar la edad como único criterio para valorar: desde el “vamos a darle este premio a tal o cual autor \ autora porque es guapo \ guapa y eso vende” (verídico) hasta esos jurados que en todas las categorías artísticas de un certamen los premios sólo son concedidos a menores de treinta (a pesar de que en las bases se establezcan un límite de hasta cuarenta para participar) porque defienden que “son muy jóvenes y tienen toda la vida por delante”. Señoras y señores, seamos serios: nosotros también lo somos y también tenemos toda la vida por delante. Diferente es que no seamos lo suficientemente fotogénicos para las solapas de los libros, que no tengamos millones de seguidores en Facebook, Twitter o Instagram, o que no formemos parte - qué pereza - de según qué clanes sectarios de poetas emergentes que aspiran, precisamente, a los mismos privilegios de aquellos que tanto critican pero con los que confraternizan a escondidas. Si ya de por sí mis cuernos se retuercen cuando aspiro a un puesto de trabajo, imaginad cuando me cierran las puertas con excusas tan inverosímiles (“buscamos a alguien de menos de treinta con veinte años de experiencia” o “cumples con el perfil, unos meses de prueba sin retribuir para demostrar tus capacidades y luego te hacemos firmar un contrato”, etc). Nos intentan invalidar, nos quieren hacer creer que somos unos inútiles, en todos los ámbitos.
Encuentro un paralelismo entre esta problemática y con lo que se suscita en el panorama poético. El marketing editorial, con su visión comercial, sólo apuesta por escritores considerados como jóvenes, en un triple sentido: por cumplir cierto rango de edad, por afinidades con grupos de autores jóvenes (escritores, digamos, maduritos que superan las edades comprendidas de susodicho rango pero que encajan perfectamente por un estilo poético de similares características; también hay autores notables que, a pesar de su juventud, no son considerados, o por no ser aceptados en grupos influyentes, o por su poética que escapa de modas impuestas) y aquellos que en su momento fueron populares precisamente por una destacable obra temprana pero que, muchísimos años después, se siguen etiquetando como tal. Exactamente igual que cuando postulas a un puesto de trabajo: o eres joven, o no te conceden la oportunidad para publicar, obtener un galardón, participar en eventos, colaborar en según qué proyectos, etc. He sido testigo de bochornosas situaciones con respecto a señalar la edad como único criterio para valorar: desde el “vamos a darle este premio a tal o cual autor \ autora porque es guapo \ guapa y eso vende” (verídico) hasta esos jurados que en todas las categorías artísticas de un certamen los premios sólo son concedidos a menores de treinta (a pesar de que en las bases se establezcan un límite de hasta cuarenta para participar) porque defienden que “son muy jóvenes y tienen toda la vida por delante”. Señoras y señores, seamos serios: nosotros también lo somos y también tenemos toda la vida por delante. Diferente es que no seamos lo suficientemente fotogénicos para las solapas de los libros, que no tengamos millones de seguidores en Facebook, Twitter o Instagram, o que no formemos parte - qué pereza - de según qué clanes sectarios de poetas emergentes que aspiran, precisamente, a los mismos privilegios de aquellos que tanto critican pero con los que confraternizan a escondidas. Si ya de por sí mis cuernos se retuercen cuando aspiro a un puesto de trabajo, imaginad cuando me cierran las puertas con excusas tan inverosímiles (“buscamos a alguien de menos de treinta con veinte años de experiencia” o “cumples con el perfil, unos meses de prueba sin retribuir para demostrar tus capacidades y luego te hacemos firmar un contrato”, etc). Nos intentan invalidar, nos quieren hacer creer que somos unos inútiles, en todos los ámbitos.
¿Pero a qué
edad caducan los poetas? El sentido común responde: a ninguna. Porque la poesía
escapa de la lógica del negocio editorial. A la poesía le importa un carajo si
brota de entre las manos de un adolescente o de un anciano. Exacto: porque ni
somos demasiado viejos ni demasiado jóvenes para la poesía. ¿En qué limbo nos situamos? Aquí es cuando introduzco el término
viejoven, canción del peculiar grupo Ojete Calor (con unas perlas que te
arrancan una sonrisa: “la ciencia
estudiará tu mutación, le pondrán tu nombre a una infección”, a “llevas treinta años pareciendo que tienes
setenta años”), empleado con su connotación humorística, en sintonía con la
situación de rechazo tan ridícula a la que nos enfrentamos.
Pero
somos conscientes de que esas oportunidades no van a llegar nunca: somos viejóvenes, y por ende, poco atractivos, poco interesantes
porque no somos capaces de atraer a miles de followers en redes sociales, poco
“poetas”, en suma, porque no sabemos llamar la atención, porque no deseamos
encasillarnos o relacionarnos con determinados individuos de grupúsculos de moderneo poetil. Por
suerte, unos ingenuos - Manuel y yo, entre otros - se abrazan a la
creatividad para aportar soluciones originales. Y de ahí, a la pretensión de
crear este espacio en La Galla Ciencia y que, generosamente, nos han
cedido para mostrar un catálogo de poetas que, mediante convocatoria, escapan
de las etiquetas, con el objetivo de valorar su trabajo en la medida que
merecen: evaluando la calidad de sus propuestas poéticas.
Bienvenidos
a No es país para viejóvenes.
Inauguramos nuestra primera entrada con los poemas de Almudena López y Mario
Díaz-Villaseñor. Que ustedes lo disfruten.
(Sevilla, 1979). Guionista, dramaturga, narradora, poeta. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de
Valencia y Máster en Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla. Desde
2003 escribe guiones audiovisuales sobre arte, historia y patrimonio. Sus
contenidos se han destinado a la televisión autonómica andaluza y a
instituciones culturales como los Reales Sitios de Patrimonio Nacional, el
Museo Nacional del Prado, el Patronato de la Alhambra y Generalife de Granada,
el Museo Guggenheim de Bilbao o el Museo Thyssen Bornemisza, entre otros. La
Editorial Trea publicó en 2015 su primer libro referido a este asunto, un
manual de escritura titulado Cómo escribir
audioguías. Es fundadora de la compañía
Entrometidos Teatro, con la que ha estrenado la pieza breve Vengo a hablar de mi cuadro. En 2016 resultó ganadora del I Premio de la
Facultad de Poesía José Ángel Valente con el poemario En buena hora (Editorial de la Universidad de Almería).
Cartografía
Dicen los cartógrafos
que los mapas no se pueden
doblar.
Los sabios lo prohíben:
la ciudad tiene un perfil,
explican,
inmutable a corto plazo
que sólo la historia de siglos
es capaz de dibujar.
Pero yo sé
que si doblamos el mapa de
nuestra ciudad
tu casa quedará sobre la mía
y yo sobre la tuya.
Pero tú sobrevuelas las
praderas
de la Región de los Grandes
Lagos
y yo pedaleo la Gran Muralla
mientras tú sesteas en Honolulu
y yo corro la maratón de Nueva
York.
Ni siquiera compartimos
el (h)uso horario.
Yo deletreo tu nombre sin saber
pronunciarlo y tú haces puzles
con los números
que forman mi fecha de
nacimiento.
Tú enfocas tu voz gigante
hacia el micrófono, mientras
yo bailo sin oír el tarareo.
Improviso la coreografía
para tus ojos cerrados.
por el viento, por la marea
humana
o el conductor del autobús.
Mientras yo ando exhausta de
diseñarlos
sin conocer las reglas
de la cartografía.
¿Cuántos siglos llevamos
doblando el mapa de nuestra
ciudad?
¿Cuántos segundos para dibujar
otro mapa del mundo?
Sucesos
He leído en la sección de
sucesos
del periódico que un pene
muerto
fue hallado en el cuerpo
de una víctima inesperada: su
amante.
Así la alegría
a veces
nos embiste: llena de amor
y de vida.
Así nos colma un instante
eterno.
Y nos despierta
el día venidero,
a nosotros que fuimos amantes,
llamándonos herida, ataúd
hueco,
inundándonos de frío y de
muerte.
Sin
techo
Nadie me va a salvar
de mí misma.
Me arrincono sobre un tejado.
Sin techo
para cubrir
ningún hogar.
Soporta el cielo, niña.
Aguanta el cielo.
El agua crece, la marea
a punto del desborde
pliega su piel flexible
en la orilla de cantos
rodados y gorriones,
en el eco
cristalino y afilado del vaso.
La lágrima resbala
subiendo
hasta borbotear.
Y todos
cantamos abrazados,
buscándonos las manos
ansiosos de piel,
sin comprender el mundo
abierto
de par en par,
con todo su peso,
sobre nuestras cabezas.
Anhela el cielo, niña.
Sueña la nostalgia azul como
quien
se despide de un beso
que nunca más
volverá a dar.
Porque los besos
no se repiten.
Porque siempre amamos al
moribundo
que expira en el otro
y en nosotros.
Recuerda el cielo, niña,
que nunca supiste.
(Córdoba, 1993). Poeta. Graduado en Filología Hispánica. Ha escrito ensayos sobre la narrativa romántica española centrados en la figura de Rosalía de Castro y sobre la poesía andaluza de la segunda mitad del siglo XX. Ha trabajado como editor en la Editorial Demipage y en la revista Buensalvaje, en la que colabora como reseñista.
Respiración
el aire huele a polvo chamuscado,
en la garganta se me atasca un poco,
en la barrera de la angustia como
la pólvora reseca de un aroma
antaño conocido, y sin embargo entra.
Es una pesa sobre un pecho enfermo
que hereda la humedad de aquellos días
de playa de la infancia,
de amores de verano malogrados,
con brazos infantiles vacíos por costumbre
que no pudieron abrazar el mar.
Ya sólo inspiro polvo chamuscado,
pólvora que incendie todo el moho
con un olor vacío, hueco, plano,
el olor de la soledad viciada
que permanecerá hasta que no expire.
No entiendo lo que pasa,
en la garganta se me atasca un poco,
en la barrera de la angustia como
la pólvora reseca de un aroma
antaño conocido, y sin embargo entra.
Es una pesa sobre un pecho enfermo
que hereda la humedad de aquellos días
de playa de la infancia,
de amores de verano malogrados,
con brazos infantiles vacíos por costumbre
que no pudieron abrazar el mar.
Ya sólo inspiro polvo chamuscado,
pólvora que incendie todo el moho
con un olor vacío, hueco, plano,
el olor de la soledad viciada
que permanecerá hasta que no expire.
Contemplación
“No gastemos tiempo ya
“No gastemos tiempo ya
en esta vida mezquina."
Jorge Manrique
No entiendo lo que pasa,
pero es embriagador el olor a
gasolina.
Disfruto del mosaico de
cristales
que desparraman luz solar de
tarde
sobre el asfalto y disemina en
pequeños rayos
un calor inmediato
y reflejan el fuego.
Siento placer en este escorzo
cómodo
en el que me adivino, y no
siento nada más.
Me molesta tan sólo ese canto
de sirenas
de aquellas ambulancias que se
acercan.
Sedimentos
¿Por qué enturbiaste un fondo
inmaculado,
diáfano y abierto por
costumbre,
con la piedra cargada de despecho?
Temo que nada se restaure cuando
la levedad se pierda
y sólo queden restos en el fondo
de una duda infinita en el recuerdo
sobre la que jamás podrá posarse
una nueva inocencia tan sólo imaginada,
un sentimiento bueno tan sólo recordado.
con la piedra cargada de despecho?
Temo que nada se restaure cuando
la levedad se pierda
y sólo queden restos en el fondo
de una duda infinita en el recuerdo
sobre la que jamás podrá posarse
una nueva inocencia tan sólo imaginada,
un sentimiento bueno tan sólo recordado.
AUTORES PREVISTOS PARA FEBRERO:
Miguel Luis Álvarez y Gema Albornoz



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