SOBRE LA POPULARIZACIÓN DE LA POESÍA
Once de la mañana: toca incursión al supermercado para adquirir unas cuántas cosas (sí, soy la típica despistada que peca de comprar regalos a última hora). Después de conseguir todo lo necesario para quedar bien en estas entrañables fechas de felicidad y consumismo (por presión social y familiar), de camino a la caja rápida algo llama poderosamente mi atención: en el pasillo, entre las estanterías metálicas de turrones y perfumes, una con algunos libros. Inspecciono las baldas (quién sabe si encuentro algo interesante) y allí están bien colocaditos best sellers y libros de famosos youtubers (mi gozo en un pozo) y, para mi asombro, algunos poemarios. Estamos acostumbrados a ver ejemplares en los grandes almacenes (reconozco, sin vergüenza, que son muy socorridos para salvarte del apuro); lo que me choca es que la poesía, considerada desde hace mucho tiempo como un “género menor”, compartiendo espacio con novelas y demás. De las librerías especializadas al cesto o carrito de la compra: la poesía se populariza, y eso es muy positivo, pero hasta cierto punto.
No me sorprende la lógica selección de títulos poéticos
expuestos: pertenecientes a grandes sellos editoriales, con unas portadas de
diseño llamativas (y, por deformación profesional, admito que las cubiertas son
preciosas). Estoy familiarizada con la denominada poesía de la “generación
encantada” (término acuñado por el poeta David González), y no sólo por una
experiencia editorial previa (y en la que puedo jurar, por activa y por pasiva,
que si hubiera tenido un mayor poder decisorio, determinadas obras no hubieran
sido publicadas por cuestiones de criterio personal), sino también por lo que
investigo en la red. Sí, soy de esas que todavía revisa blogs y demás espacios
virtuales: a saber cuántos diamantes en bruto nos estamos perdiendo porque sus
autores no se relacionan con los agentes adecuados o no son lo suficientemente
guapos y modernos. Antes de agenciarme un título, me informo para garantizar la
inversión (es lo que tiene la maldita precariedad); suelo abstenerme de
determinados nombres porque no me transmiten nada. Yo no soy crítica literaria:
no tengo licencia para evaluar si estos libros se pueden categorizar como
poesía. Claro que puedo reconocer si un poema está bien construido, si el poeta
apunta maneras o incluso si se pueden rescatar fragmentos. Esta actitud de
resaltar los puntos fuertes (vuelvo a insistir, desde la subjetividad: no es
para quedar bien, se trata de discernir entre lo válido y lo desechable del
contenido) no sirve absolutamente para nada: la ausencia de autocrítica es muy
frecuente en el mundillo literario - y por extensión a todos los campos
artísticos -, y muchos autores, en especial, los sobrevalorados que se
retroalimentan de halagos en grupo, les cuesta encajar la crítica constructiva
(si es desde el respeto: aceptarla como una lección de aprendizaje), y si no es
capaz de ser exigente consigo mismo, es improbable que sepa aceptar las
discrepancias. De ahí a los encarnizados debates en las redes sociales - campo
de batalla de simpatizantes y detractores -, medios donde estos autores se
desenvuelven con soltura para promocionarse y captar la atención de lectores
(totalmente legítimo: dominar las herramientas de la red es esencial para
difundir la obra); a veces, no hace falta que éstos se pronuncien porque los
fans defenderán a capa y espada a sus ídolos mientras los sufridos entendidos
en la materia se escandalizan con esta poesía “facilona” u “hormonal” (o peor
aún, post-adolescente).
Este fenómeno fan explica, precisamente, la presencia de
algunos de estos libros en los centros comerciales. Les funciona a las grandes
editoriales, de momento (son previsibles los cambios de tendencia: las modas,
por suerte o por desgracia, son cíclicas) la nueva fórmula: cuántos más
seguidores tenga tal o cual autor, mayores probabilidades de éxito. Tener
muchos amigos agregados no es sinónimo de calidad, naturalmente, pero sí se
traduce en rentabilidad. Yo he bautizado estos peculiares productos poéticos como
fast poetry: poesía de “consumo rápido”, de “lectura ligera”, sin más
pretensión que la de entretener (exactamente igual que los best sellers, con
independencia de su calidad literaria). Estas obras poseen su nicho de mercado:
los miles de seguidores que se aglutinan en Facebook, Youtube, Twitter,
Instagram, entre otras plataformas y que, estadísticamente, son chicos y chicas
jóvenes que se identifican con las inquietudes reflejadas en las páginas de estos
libros. Esta poesía tiene su público y esto es favorable: aproximar el género a
sectores juveniles (hartos de tragarse las lecturas de la escuela o instituto);
el dilema estriba en que estos consumidores, o se estancan en los mismos tipos
de textos y demandan más títulos idénticos, sin sentir curiosidad por ampliar
horizontes, o cuando pase la fiebre se acabe “el rollo de leer”. Por eso, es un
milagro que los chavales se interesen por un género tan denostado.
El lado oscuro: el abuso por parte de las editoriales
para posicionarse en las listas de ventas. La "fabricación" del poeta es similar a la de un cantante o grupo dentro de la industria musical: se potencia un
fenómeno con unas características concretas, las que se determinen según las
circunstancias; se explota el filón, se crea la “necesidad” de consumir y
esperar beneficios. Si ya cualquiera puede ser cantante siempre y cuando haya
detrás una potente campaña de marketing, también cualquiera puede ser escritor:
ahí radica la perversión. Gracias a las herramientas de Internet y a sus
múltiples opciones para publicar, se ha multiplicado el número de autores que
buscan su oportunidad y acuden a las fórmulas de la coedición o la autoedición.
¿Cómo discriminar entre tantos aspirantes? Fijarse en si su presencia es más o
menos notable en las redes y contabilizar el número de seguidores. Porque todo
se mide en términos matemáticos y económicos.
En mi vicio de analizar desde un triple punto de vista:
como editora, me entristece que los criterios de calidad sean extrínsecos a la
obra en sí; que muchas editoriales independientes y alternativas, para
garantizar la supervivencia - los negocios son así - tengan que recurrir a la
publicación de autores que no destacan precisamente por su poesía pero sí por
otros factores; que los miles de fans acérrimos no se acerquen a otros
catálogos editoriales; que los muchachos y las muchachas abandonen el hábito de
leer por pereza, porque la poesía de tal o cual fue una moda pasajera. Como
autora, me desagrada que haya talentosos compañeros con una trayectoria
intachable que no reciban ni una oferta para publicar; que otros poetas por
méritos no puedan competir en igualdad de condiciones; que cualquiera ya puede
ser escritor; que existe cierta intrusión profesional y los autores mediáticos
ensombrecen a los vocacionales. Y como lectora, me jode tirarme horas y horas
rebuscando en una librería especializada de confianza algunos títulos
concretos: con lo fácil que sería plantarse en el súper y tener delante ese
libro que tanto deseas para tu biblioteca.
No quiero que se me malinterprete, que algunos literatos
son muy susceptibles (en especial, aludidos y colegas de la nueva hornada de
poetas encantados) y suelen mezclar las churras con las merinas: no me molesta,
en absoluto, que los poetas invadan los estantes de los grandes comercios, al
contrario, estoy a favor de sacar la poesía fuera de sus entornos tradicionales
(del ámbito culto o académico), que se escuche en recitales (sea en bares o
eventos culturales de carácter oficialista) o que se fusione con otras
disciplinas artísticas; en suma, que la poesía se exhiba en un lugar tan
cotidiano me parece estupendo. Distinto es que la poesía abarque más que estos
autores de fast poetry y que no tenga la visibilidad merecida: porque no todos
los poetas son visibles, permanecen escondidos y merecen su oportunidad.
Cuando me marcho cargada de bolsas, pienso en utopías:
una sección de poesía en el supermercado. ¿Demasiado vulgar, demasiado atípico?
Profundizando: ¿está la poesía en el lugar que le corresponde? No lo sé, la
verdad, y eso me frustra un poquito.
ANA PATRICIA MOYA
https://anapatriciamoya.wordpress.com

Todo un hallazgo esa poesía de super. Buen análisis. Aunque nos duela. Abrazos desde la Poesía
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo. Por eso hay que buscar mucho, para no llenar los estantes de libros que al final te arrepientes de haberlos comprado (eso sí, nunca de haberlos leído; de todo se aprende).
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo. Por eso hay que buscar mucho, para no llenar los estantes de libros que al final te arrepientes de haberlos comprado (eso sí, nunca de haberlos leído; de todo se aprende).
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